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Matéricos Periféricos

Matéricos Periféricos N°19

Homenaje a Luis Appiani

editorial por Marcelo Barrale

Letra de la canción “Naquela mesa”

Nelson Gonzalvez

Naquela mesa ele sentava sempre

E me dizia sempre o que é viver melhor

Naquela mesa ele contava histórias

Que hoje na memória eu guardo e sei de cor

Naquela mesa ele juntava gente

E contava contente o que fez de manhã

E nos seus olhos era tanto brilho

Que mais que seu filho

Eu fiquei seu fã

Eu não sabia que doía tanto

Uma mesa num canto, uma casa e um jardim

Se eu soubesse o quanto dói a vida

Essa dor tão doída, não doía assim

Agora resta uma mesa na sala

E hoje ninguém mais fala do seu bandolim

Naquela mesa ta faltando ele

E a saudade dele ta doendo em mim

Naquela mesa ta faltando ele

E a saudade dele ta doendo em mim

En esa mesa siempre se sentaba

Y siempre me decía lo que es vivir mejor

En esa mesa él contaba historias

Que hoy en mi memoria guardo y sé de memoria

En esa mesa juntaba gente

Y contaba feliz lo que hizo esta mañana

Y en sus ojos era tan brillante

Que más que tu hijo

Me he convertido en tu admirador.

No sabía que dolía tanto

Una mesa en una esquina, una casa y un jardín

Si supiera cuánto duele la vida

Ese dolor tan dolido, no dolía así

Ahora queda una mesa en la sala

Y hoy nadie más habla de su mandolina

En esa mesa el falta

Y su nostalgia me duele

En esa mesa el falta

Y su nostalgia me duele

Claramente la letra de este samba remite a una ‘roda’, es decir, a esa manera carioca de tocar y construir música colectivamente en Río de Janeiro. La convivencia con Luis se remonta a los años jóvenes de los 90, cuando él vivía en el magnífico edificio Napoli (proyectado por el arq. Vanoli) de calles San Luis y Mitre, al igual que -piso más o piso menos- Javier Armentano y Fernando Pozzi, los tres altos exponentes de la cultura ‘canalla’ más desaforada. Compartíamos, sobre todo, una especie de conjunto muy peronista (a excepción de Fernando, por cierto más neutral) y constituíamos una suerte de unidad básica arquitectónica circunstancial. No sin disputas internas, todos éramos amantes del dibujo, de la ilustración, del arte en general y claro, de la noche misma. Si bien no conocía a Luis en forma directa, empecé a tratarlo en su rústica dialéctica con Marcelo Perazzo, en larguísimas sesiones nocturnas de “Luna” o “Barcelona”, los bares que frecuentábamos dos o tres veces por semana después de clases y los fines de semana. El Taller Galli en sus inicios, luego de mi paso por el Taller Fernández De Luco y por mi manera de trabajar y moverme, conformaba una circunstancia similar. Es decir, tal y como cuando se va a jugar a un nuevo club de rugby y te tienes que acomodar a un grupo de gente desconocida y a sus culturas, se vuelve prioritario cómo uno interactúa y se ubica en un lugar que siempre debiera ser de cierta relevancia y protagonismo pese a todo y en cualquier contexto, a mi entender. Esto era algo que afloraba más allá de mi voluntad. Dicho esto, recuerdo que así transcurrieron muchos años de ‘tires y aflojes’, con moderada empatía o bien con un intermitente nivel de concordancia y negociaciones. Nunca nos pusimos de acuerdo de antemano sobre ningún aspecto, ni para una charla o actuación, ya fuera para el seno de nuestro taller o hacia afuera. Todo era improvisado y de propio cuño, esto es más que explicativo de nuestro vínculo. Jamás ocurría una llamada previa, a excepción de en la última época. Nunca existió una imposición ni una orden. Un momento de gran complicidad fue el del curso que hicimos juntos allá por el 2004, el que relata Alita Villanova en esta misma revista. En ese año, por los acuerdos políticos que me llevaron al vicedecanato y con mi reciente conducción, nuestro taller protagonizó una gran transformación interna: pasamos de tener 400 estudiantes inscriptos en 2003 a contar con 100 en 2004, lo cual nos dio mucha fortaleza, por la férrea decisión de estos mismos estudiantes de enriquecer la producción de conocimientos y el grupo humano-académico. Hoy muchos de ellos son docentes del Taller Matéricos. Tres años después, una vez fallecido el flaco Galli, concursé el cargo de profesor titular contra un importante andamiaje del gobierno de FAPyD (en manos de la FM y del decano de turno) que en esos años pretendía quedarse con el Taller, aunque no tuvieron “suerte” y en ese momento al concurso lo pudimos ganar con propios recursos académicos, sostenidos en lo intelectual principalmente por el mismo Luis, en conjunto con la entonces estudiante Anita Valderrama. Ambos fueron decisivos en el armado de un discurso que fuera irrebatible en el concurso, defendiendo la historia del Taller Galli. Luis era un navegante de internet. Muy prematuro en el mundo de la cultura y muy conocedor de ese medio por su condición de técnico electrónico, sonidista, etc., pasaba horas conectado y en búsqueda, con lo cual estuvo siempre muy adelantado en su información a todos nosotros. Precisamente, fue el primero que dijo que debíamos ir a Ciudad Abierta, a Ritoque, a la PUCV (Pontificia Universidad Católica de Valparaíso), por nombrar destinos entre otros. Creo que él había ido a fines de los 90 en su Citroën 3CV y supo que teníamos que lograr un vínculo académico. Pues así lo hicimos. Personalmente postulé y gané una beca docente FOMEC (Fondo para el Mejoramiento de la Calidad), aunque en lugar de viajar a España o a Italia como otros docentes o profesores en ese momento, elegí cruzar por tierra a Chile, opción que fue rechazada por el esquema institucional de Rectorado. Mi propuesta era viajar cruzando la cordillera y ahorrar fondos estando 6 meses hospedado en la misma Ciudad Abierta, pero los personeros del sistema no lo entendían: yo debía tener mi boleto aéreo para estar un mes en Europa, o nada. Finalmente lo logré, y así nos instalamos privilegiadamente con Anita y Julián en la Hospedería del Poeta durante esos 6 meses, en medio de la duna sobre el océano Pacífico, entre los años 2000 y 2001. Todo lo que ahora hacemos comienza allí mismo. Previamente, también hubo actuaciones de docentes dentro del residual Taller Galli y no solamente de manera aislada sino en acuerdos, con expectativas por otros esquemas que no me incluían como titular, pero estas fueron desactivadas y desalentadas con la contundente palabra y el posicionamiento propios de Luis, quien se cargó al hombro este prolongado entuerto palaciego. En otro orden, corresponde comentar algunos hechos significativos de nuestra colaboración común, por ejemplo, aquel marcado desde la conducción del Instituto de Vivienda de la Provincia de Santa Fe, conocido como DPVyU (Dirección Provincial de Vivienda y Urbanismo). En un momento de crisis, el Ministerio buscaba a personas con experiencia para desarrollar en Rosario lo que el gobierno nacional de Néstor Kirchner implementaba como ‘Plan Federal’. En ese contexto, se consultó con especialistas urbanistas diversos, y finalmente la designación recayó en mi persona. El desafío era incluir una totalidad de 7000 viviendas en un solo conjunto dentro del barrio Nuevo Alberdi, llamado despectivamente “Zona Cero” por el Municipio de Rosario. Nunca quisieron esa obra, incluso una vez que Hermes Binner asumió como gobernador se suspendió la licitación de viviendas. En la propuesta original se incorporaban todos los servicios con la ampliación de la capacidad de cada red, además de transporte, equipamiento comunitario y educativo, parques y jardines, reservas para ampliación, etc., siendo su ubicación inmejorable. Por entonces, otros actores como el Colegio de Arquitectos de Rosario, funcionarios de alto nivel provincial e incluso la ‘cultura oficial’ -en ese momento socialista- rechazaban de plano aquella cantidad de viviendas, objetando que debía desarmarse en 20 conjuntos habitacionales pequeños. De nuestra parte, respondíamos que tal decisión nos llevaría años de gestión interminable y el gobierno nacional apoyaba luchando frontalmente contra esta limitación local: solo había un barrio con el tamaño de apenas 2.000 viviendas en La Cava de San Isidro, Buenos Aires. No hay duda alguna de que el panorama no era el mejor, y por dos motivos: el primero, por resultarme demasiado complejo y el segundo, por sumar mi función de vicedecano de la FAPyD de aquel momento. Ambas funciones no me parecían viables en simultáneo y finalmente delegué en Luis aquella designación. Así partimos. Él logró armar a duras penas un equipo apto en Vivienda y consolidó todo el proyecto de manera magnífica, sobre todo en su Master Plan y en los criterios generales de urbanización y de caracterización de los sub-conjuntos, en la articulación con la naturaleza y con la arquitectura semi rural preexistente. Propiamente, Appiani desarrolló estos vínculos con la ciudad y con las comunas próximas en la misma línea que la de nuestro proyecto de docencia-investigación de UNR: “La arquitectura de la Periferia y los Bordes”. El proyecto se consumó con algunas indicaciones que el mismo Luis planteó, como las de utilizar tanto prototipos de vivienda individual como colectiva. Sin embargo, las viviendas fueron las que el Ministerio, con sus limitaciones, tuvo disponibles en cada momento y concertadas políticamente con las empresas constructoras, sin que él pudiera incidir en ello. Así y todo, un apartado especial sería necesario para sí exaltar la solvencia y total autoridad con las que él dialogaba con las empresas de infraestructuras que dotaban a ese barrio gigantesco, como las de Aguas Provinciales, EPE, Litoral Gas, etc. Finalmente, podemos decir que las herramientas que hoy mismo aplicamos en el Taller de Proyecto Arquitectónico de la Escuela de Arquitectura que tanto ha crecido, son solo posibles de afrontar a través de mis recuerdos sobre sus dichos y enseñanzas. Yo mismo las aplico sistemáticamente en el armado de todas las instancias de un cursado, desde el propio inicio del programa académico hasta el momento de las evaluaciones y ponderaciones. Todo esto sin descuidar los siempre anticipatorios aportes de Luis en la optimización de los modos de vincularnos hacia el externo del Taller, dentro de la FAPyD o hacia la cultura arquitectónica y política-cultural local (incluso nacional o internacional), es decir, con las otras líneas de pensamiento o hacer del oficio, incluido el urbanismo oficial de Rosario. Esas mismas contribuciones a su vez desplegaba desde el amplio espectro de la filosofía, la religión católica, desde lo ideológico y lo político mediante el Movimiento Nacional y Popular, desde la pintura o las artes en general y desde las teorías de la arquitectura, pudiendo debatirlas tanto con cualquier profesor de historia o crítico encumbrado como con los emergentes jóvenes de cada época respecto de sus obras -locales, nacionales e internacionales- que siempre Luis sintonizaba, absolutamente antes que nadie. A pesar de todo lo que se escriba y relate más adelante, Appiani siempre gustaba de decir: “el maestro solo necesita su palabra para hacer clases, sentado bajo el olivo”, nada más. A él dedicamos esta revista, con nuestro infinito agradecimiento.

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